El ascenso de Alternativa para Alemania (AfD) ha colocado a la democracia alemana ante una paradoja que afecta también al conjunto de Europa: ¿cómo puede un sistema democrático defenderse de una fuerza política que utiliza las reglas de la democracia para cuestionar algunos de sus fundamentos sin terminar restringiendo el pluralismo que pretende proteger?
La encrucijada adquiere una dimensión particular en Alemania. La memoria del nazismo, la experiencia de la República de Weimar, la división del país durante la Guerra Fría y las dos guerras mundiales forman parte del ADN político de la República Federal. El diseño constitucional posterior a 1949 nació precisamente de la voluntad de impedir que una mayoría electoral pudiera utilizar las instituciones democráticas para destruirlas desde dentro.
Esa concepción recibe en Alemania el nombre de wehrhafte Demokratie, la democracia militante o capaz de defenderse. No significa que el Estado pueda decidir arbitrariamente qué partidos son aceptables. Significa, por el contrario, que existen límites constitucionales que ni siquiera una mayoría electoral puede franquear.
El artículo 21 de la Ley Fundamental establece que los partidos que pretendan menoscabar o eliminar el orden democrático liberal pueden ser declarados inconstitucionales. Pero la decisión corresponde exclusivamente al Tribunal Constitucional Federal. Además, desde 2017 existe una vía intermedia: la exclusión de un partido de la financiación pública.
La cautela no es accidental. El Tribunal Constitucional considera la prohibición de un partido como el arma más extrema —y también potencialmente problemática— de una democracia. En su sentencia sobre el NPD, de 2017, estableció que no basta con demostrar posiciones contrarias al orden constitucional, debe existir una actuación planificada y suficientemente relevante dirigida a erosionarlo y una posibilidad razonable de que esos objetivos puedan alcanzarse.
En este contexto, el crecimiento electoral de la AfD modifica sustancialmente el problema. En las elecciones federales de febrero de 2025 obtuvo el 20,8% de los segundos votos y 152 escaños, frente al 10,4% de 2021. Es decir, se ha convertido en una fuerza parlamentaria de primer orden.
Las encuestas de septiembre de 2026 muestran, además, que su crecimiento no ha sido un episodio efímero. Distintos sondeos sitúan a la AfD en alrededor del 27%-30% de expectativa electoral, aunque estas mediciones expresan el estado de la opinión pública en un momento determinado y no constituyen resultados electorales ni permiten anticipar por sí mismas un desenlace futuro.
El fenómeno tiene también una dimensión institucional. El informe de 2024 de la Oficina Federal para la Protección de la Constitución mantiene a la AfD dentro de la categoría de amenaza sospechosa de extremismo de derecha y señala que resoluciones judiciales anteriores habían considerado legal su vigilancia como tal. El proceso jurídico, sin embargo, no equivale a una declaración de inconstitucionalidad del partido, que solo puede efectuar el Tribunal Constitucional.
Aquí aparece la primera gran dificultad: proteger la democracia no puede confundirse con eliminar electoralmente al adversario. Una prohibición sin una base constitucional sólida podría convertir a la propia democracia en víctima de las medidas adoptadas para defenderla. Pero la conclusión contraria —aceptar cualquier comportamiento en nombre de los votos obtenidos— sería igualmente problemática. El sufragio otorga legitimidad para gobernar dentro de la Constitución, no para situarse por encima de ella.
La segunda cuestión es de carácter político. Durante años, los partidos tradicionales alemanes han mantenido un cordón sanitario frente a la AfD. Existe ahora un debate sobre si aislarla puede terminar favoreciendo su crecimiento o si, por el contrario, incorporarla a responsabilidades de gobierno permitiría comprobar sus contradicciones y límites.
La experiencia comparada no ofrece una respuesta evidente. La participación institucional puede obligar a cualquier partido a transformar consignas en políticas concretas, pero también puede proporcionarle una plataforma de promoción, recursos y legitimidad adicionales. Por eso, más que recurrir a una fórmula universal, la cuestión exige analizar, caso por caso, qué consecuencias producen la cooperación y el aislamiento.
En realidad, el desafío principal para los partidos democráticos radica en recuperar su capacidad para ofrecer respuestas convincentes a los ciudadanos que sienten que las instituciones tradicionales ya no escuchan sus preocupaciones.
La AfD ha sabido explotar cuestiones como inmigración, seguridad, identidad nacional, coste de la energía, deterioro económico y desconfianza hacia las élites. Su fuerza no procede únicamente de un programa político; también reside en una determinada manera de comunicarse. Mensajes breves, indignación, identificación emocional con el ciudadano y una presencia constante en las redes sociales forman parte de su estrategia.
La democracia liberal, acostumbrada a expresarse mediante procedimientos, argumentos y compromisos institucionales, se encuentra así ante un adversario que disputa también el territorio de las emociones.
De ahí que la defensa de la democracia alemana tenga que desarrollarse en dos planos simultáneos. El primero es jurídico: independencia judicial, neutralidad administrativa, respeto de los derechos fundamentales, protección de las minorías y aplicación rigurosa de la Constitución. El segundo es político: capacidad para gobernar, explicar, escuchar y ofrecer soluciones.
Europa debería observar atentamente este proceso. Alemania no es solamente una democracia nacional sometida a una tensión interna. Es la principal economía de la Unión Europea y uno de sus centros políticos. Lo que ocurra allí afectará inevitablemente al equilibrio europeo.
La cuestión de fondo es incómoda pero a la vez esencial: una democracia no se salva únicamente prohibiendo aquello que la amenaza o tolerando lo que puede erosionarla. Se preserva haciendo funcionar sus instituciones y, al mismo tiempo, demostrando que el pluralismo, el Estado de derecho y la libertad siguen siendo capaces de responder a los problemas reales de los ciudadanos.
En definitiva, la batalla no se libra solo en los parlamentos, debe activarse adicionalmente en la sociedad: en las calles, en las escuelas, en los medios y en las redes. Una democracia que quiere defenderse necesita leyes firmes, pero requiere ante todo ciudadanos que sigan encontrando razones para defenderla.






