lunes, 30 de marzo de 2015

Maruja Pastor.

Acaba de cumplir 89 años y todavía conserva el cuerpo fibroso de una mujer madura y severa, dispuesta a emprender casi lo que haga falta. El pelo a lo garçon, como cuando era una jovencita o, al menos, como cuando la conocimos allá por los sesenta y tantos. La mirada vivaracha, diáfana y franca. La risa un tanto impostada y, sin embargo, limpia, dulce y grave, aflorando desde lo hondo y expresando la fugaz satisfacción de quién opta por exhibirla, sin prodigarla. La voz grave y pausada en el terreno corto, atiplada y enervada cuando la excita la pasión discursiva o le indigna la injusticia y la sinrazón. Así sigue, como fue siempre. Maruja es de las personas que no engañan.

Te la echas a la cara y estás frente a uno de esos personajes femeninos involuntariamente pioneros, sean señoras feudales, prostitutas, amazonas, brujas, aburguesadas o profesoras. Su imagen es el vivo ejemplo de la larga y dura travesía emancipadora de la mujer en Occidente. Una joven, criada en un tiempo de nacionalcatolicismo, adocenamiento y represión, que emerge a la vida pública con un mensaje transformador, característico de la modernidad de siempre y de la novedosa femineidad, que ofrece propuestas contestatarias y audaces e incorpora maneras andróginas (en el mejor sentido del término), que son imprescindibles para abrirse camino y acometer los inicios de la feminización de la educación y la cultura en un país absolutamente retrógrado, machista, casposo y antiguo.
Maruja Pastor, 2015.

Estamos frente a un personaje que nos ha legado su vida intelectual y su devenir cotidiano de mujer y madre envueltos en una existencia precursora, que fluye y ocupa la escena pública protagonizando explícita e implícitamente narrativas vitales que inscriben vivencias personales y aspiraciones profesionales incomprendidas a menudo por jerarquías e iguales y, sin embargo, ampliamente celebradas y recordadas por quienes fuimos sus discípulos.

No es cosa de extenderse aquí reiterando lo que se ha dicho y actuado sobre la trayectoria profesional de Maruja Pastor. Su empeño por implantar en la Escuela Normal de Alicante, de la que fue directora desde 1960 a 1977, un modelo de coeducación para derribar las barreras, la discriminación y la segregación en las aulas. Su impulso al proceso de democratización de la vida académica, propiciando la elección de representantes de alumnos y fomentando la creación de asociaciones de estudiantes, que desarrollaron múltiples actividades y fueron el embrión del posterior movimiento reivindicativo, que cuajó en los años de la transición con la creación de la Asociación de Antiguos Alumnos de Magisterio, germen del Movimiento Democrático de Maestros y Maestras y de la Coordinadora de Enseñanza, sin los que no se concibe el origen del Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza. Su estimulo a la edición de revistas e iniciativas culturales, como el grupo de teatro Concepción Arenal -que tomó el nombre de la Escuela- y que, posteriormente, adoptó el de Abraxas, etc., etc.

Desde su cátedra en la Escuela de Magisterio, después Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de EGB y, finalmente, Facultad de Educación, fue impulsora incansable de la renovación pedagógica, practicándola en su docencia y en sus responsabilidades directivas, que nunca disoció. Al contrario, en la medida que las circunstancias lo permitieron (e incluso cuando no fue así), ejercitó  y promovió la cultura democrática y pedagógica en numerosas generaciones de maestros y maestras, algunos de los cuales fueron después profesores de E. Secundaria y universitarios. Otros han sido protagonistas destacados de la vida intelectual, sindical y política alicantina, desde los últimos años del franquismo hasta la actualidad. Por ello, su labor tiene un reconocimiento unánime, que le ha deparado múltiples homenajes y numerosas distinciones académicas, profesionales y ciudadanas. Entre otras, el premio Franklin Albricias (2009), el Premio Homenaje de la Facultad de Filosofía y Letras de la UA (2013), el Premio Importante de INFORMACIÓN (2015) o la rotulación de una calle en la ciudad de Alicante.

Nos enseñó a ‘tecnologizar’ la educación, invitándonos a incorporar a las aulas diapositivas, películas, música, dramatizaciones, franelogramas, etc., a programar la enseñanza y a documentar los actos didácticos, cimentándolos en premisas psicológicas y curriculares. Nos incitó a planificar la enseñanza, a enfocar los procesos de aprendizaje desde la perspectiva de quiénes aprenden, a enfatizar las premisas imprescindibles para el aprendizaje como la motivación, la voluntad, las emociones, etc., o a ensayar metodologías alternativas, como los agrupamientos flexibles, el trabajo en equipo o los proyectos. Nos demostró argumentadamente que la educación no es una ocupación improvisada ni caritativa, sino un servicio público que exige rigor y planificación, y que debe considerarse como un derecho de los ciudadanos y no como la dádiva que otorgan arbitraria o discrecionalmente quienes los gobiernan.

Nos enseñó a poner a la persona en el centro de los procesos de aprendizaje y en el horizonte de cualquier propósito educativo. El niño, el joven, el ser en progresión irrumpieron en el imaginario de los futuros educadores como seres susceptibles de perfeccionarse integralmente, insertos e integrados en el conjunto de sus circunstancias. Ese era el mensaje que inscribía la personalización de la enseñanza en que tanto insistió. Eso y mucho más se lo que debemos a Maruja Pastor, aunque ella lo desconozca. Ella y algún otro colega, como Manolita Pascual, son las piezas fundamentales que explican la magna obra educativa que desarrolló aquella Escuela de Magisterio, sita en el monte Tossal, junto al castillo de S. Fernando, hoy incomprensiblemente maltrecha y abandonada. Allí nos transmitieron un renovado concepto de la educación, que hicieron calar en la médula de la profesión, inculcándolo a las sucesivas promociones de maestras y maestros, logrando anular los viejos clichés de la mera instrucción y el adoctrinamiento. Nada fue igual a partir de entonces porque recuperamos el legado reprimido de nuestra mejor tradición pedagógica, que acrecentamos con las nuevas aportaciones y propuestas que nos mostraron, que provenían nada más y nada menos de gentes como Dewey, Makarenko, Piaget, Neill, Freinet o Freire, entre otros muchos.

Maruja nos enseñó a creer en las personas y a respetar su libertad, a cuestionar y replicar al poder establecido, a no aceptar los mandatos autoritarios derivados del mero imperativo legal o de la jerarquía administrativa. Y eso lo hacía con el ejemplo, practicando o dejándonos practicar a quiénes éramos sus subordinados. Naturalmente este es mi punto de vista. Habrá quienes tendrán otros y terceros que discreparán de ambos. Y hasta cuartos que disentirán de todos. Eso es justamente uno de los principios fundamentales que intentó enseñarnos: todos iguales y todos diferentes, cada cual evolucionando, aprendiendo y actuando a su ritmo y a su manera. Esa fue su propuesta alternativa al adocenamiento y a la inútil rutina escolar: personalizar las propuestas educativas y transmitir esa obsesión a todos sus alumnos. Y creo que lo logró ampliamente. Gracias una vez más, Maruja.



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