lunes, 31 de agosto de 2020

Tiempo de retos y oportunidades

Hace meses que enfrentamos una catástrofe que afecta al conjunto del planeta. No se recuerda otro acontecimiento de origen natural que se haya prolongado tanto como esta pandemia. Los estragos que causa la Covid-19 duran ya más de medio año desconociéndose su alcance temporal. Es como si estuviésemos viviendo en directo las fabulaciones que muestran series como Black Mirror, Contagio y otras. No estábamos preparados para esto, nadie podía imaginar semejante realidad excepto los guionistas, los fabuladores de relatos análogos y otras anónimas mentes no menos calenturientas. El coronavirus es un enemigo desconocido que ha logrado confinar a más de tres mil millones de personas en el mundo, algo inédito para la humanidad.

La magnitud de la pandemia ha inducido una emergencia de salud pública y una crisis económica que interfieren brutalmente en la vida cotidiana. Todo hace pensar que los efectos asociados al cierre de empresas, a los despidos de los trabajadores y a las medidas sanitarias para contener al virus se prolongarán después de que desaparezcan sus amenazas. Se da tan por seguro que se ha llegado a decir que la datación cambiará en el futuro. La fecha de cualquier acontecimiento histórico, que hoy se referencia en el nacimiento de Cristo, en la Hégira o en el Panchanga dependiendo de qué culturas, podría establecerse con relación a la aparición de la Covid-19. De manera que una determinada efemérides sucedería en tal o cual año, anterior o posterior a ella.

Por otro lado, en el corto plazo, estamos activando y desarrollando pautas de comportamiento adaptativo a la vida en pandemia que seguramente no serán respuestas coyunturales o transitorias. Todo parece indicar que seguirán impregnando la cotidianidad cuando se inaugure de verdad una nueva normalidad, tras el  descubrimiento y la administración de vacunas o tratamientos paliativos eficientes y sin exclusiones. Mencionaré algunas de ellas, sin que el orden en que se presentan signifique priorización alguna.

En primer lugar me referiré al teletrabajo que, aunque presenta aristas y sinuosidades y haya llegado súbitamente a nuestro país, parece que se implantará de manera prolongada en amplios sectores de la actividad productiva. Numerosos indicios apuntan a su vocación de consolidarse tanto por voluntad de los trabajadores como de los gestores de empresas e instituciones. Tampoco es asunto trivial la telemedicina o telesalud, como se prefiera denominar, un formato para la atención primaria sin apenas relevancia hasta que se desató la pandemia que hoy apoyan médicos y pacientes porque evita inconvenientes (esperas, desplazamientos, contagios, acompañantes…) y se contempla como solución razonable para algunos de los problemas que afectan a las personas mayores, aunque no solo a ellas.

Otra novedad impulsada por la pandemia es el incremento de la compra de víveres y provisiones a través de Internet. El número de personas que compran alimentos, productos de limpieza y aseo personal, utillaje o electrodomésticos por este conducto se ha multiplicado exponencialmente. Ello no parece un episodio circunstancial sino una tendencia que tiende a consolidarse. En un trimestre han desaparecido reticencias y desconfianzas y nos hemos echado en brazos de las grandes empresas de distribución, que visualizamos como tablas salvíficas que nos ahorran buena parte de los riesgos sanitarios asociados a la compra directa en mercados o establecimientos comerciales. Otro elemento importantísimo que debe destacarse es la metamorfosis producida en los formatos de la socialización. Desde que eclosionó la pandemia nos reunimos con amigos y familiares virtualmente, sea a través de Zoom, de videoconferencias o mediante cualquier otro medio telemático. Nos lamentamos de sus carencias e incomodidades pero, querámoslo o no, esos medios constituyen el nexo que define la nueva e intangible conexión entre las personas, que ha desplazado a las citas, reuniones y tertulias, e incluso a  las llamadas telefónicas, que casi parecen estar agotando su futuro.

También ha cambiado la manera de disfrutar del ocio, sea ir al cine, comer en bares y restaurantes, comprar en los centros comerciales, bailar en las discotecas o asistir a espectáculos y conciertos. Está claro que tiende a encogerse el formato de estos negocios buscando fidelizar a comunidades que confían en la oferta más exclusiva que se les ofrece. En esa transformación sobrevivirán los negocios con capacidad para sintonizar con un público objetivo dándole la respuesta que ansía, que es netamente diferencial respecto a la demanda previa a la pandemia. Otro segmento radicalmente afectado son los viajes. La elección de los destinos o el modo de viajar se supeditan a las cautelas higiénicas y sanitarias que se garantizan. Se imponen los protocolos de limpieza y de ocupación de los medios de transporte que inducen confianza en los viajeros, convenciéndolos de que realizan sus desplazamientos de forma segura. Ello no es nada sencillo y exige un profundo reajuste de las tareas de gestión, mantenimiento y salubridad de los vehículos y accesos que está afectando muy significativamente a turoperadores, hoteleros, agencias de viajes, ferrocarriles, navieras y compañías aéreas de todo el mundo.

Otro asunto trascendental en este tiempo de pandemia es la protección de la privacidad. En ausencia de vacunas y de medios paliativos eficientes el uso de aplicaciones en teléfonos y de otras tecnologías para rastrear los contactos, en tanto que estrategias para contener el virus y facilitar el distanciamiento social, cobra una relevancia enorme. Las grandes empresas tecnológicas aseguran que garantizan la protección de la información personal que los usuarios deben compartir para que funcione el sistema de rastreo, que incluye sus antecedentes médicos y la identidad de las personas con quiénes hayan establecido contactos. Sin embargo, hoy por hoy existe poca transparencia al respecto y parece escasamente compatible asegurar la privacidad de la información que exige el rastreo y la atención a los requerimientos de la salud. En consecuencia lo que parece más verosímil es que acaben imponiéndose los últimos sobre los primeros si el dilema que se nos plantea se expresa en términos similares a “debe usted elegir entre su salud y la de su familia, o que se conozcan los detalles de su vida”.

Nunca la amenaza de una enfermedad había ocupado tanto espacio en nuestros pensamientos y preocupaciones. Diarios, revistas, televisión o redes sociales no hablan de otra cosa desde hace meses.  Opiniones, estadísticas, testimonios, consejos e incluso chistes acerca de la pandemia y de los nuevos hábitos de vida ocupan la mayoría del tiempo que dedicamos a informarnos. Tan extraordinaria exposición a esos contenidos, manifiestamente tóxicos, está aumentando la ansiedad de la gente y produciendo efectos perceptibles en su salud mental. Vivimos presos de un sentimiento de constante alerta y amenaza que tiene consecuencias psicológicas preocupantes y afecta severamente a la manera de relacionarnos. El miedo al contagio despierta actitudes profundamente atávicas que, dependiendo de qué cosas, lo mismo conducen al conformismo que a la intransigencia. El temor nos hace intolerantes (recuérdese el fenómeno de la “policía de los balcones”) y condiciona nuestras actitudes sociales, haciéndolas más conservadoras. Valoramos más los talantes proclives a la obediencia y la conformidad que las actitudes rebeldes o minoritarias. La amenaza de la enfermedad nos hace más desconfiados con los desconocidos y ello tiene evidentes repercusiones en la vida social y amorosa, incluso despierta actitudes xenófobas y racistas, pues tendemos a recelar de las personas que pertenecen a otras culturas o son de diferente etnia.

La pandemia nos ha puesto frente a una realidad desconocida y ha desconcertado nuestro cerebro, que muestra dificultades para reaccionar ante lo imprevisto y nos induce sentimientos descontrolados e insatisfactorios. Tenemos serios problemas para controlar las emociones pese a que conviene que aprendamos a gestionarlas. Porque aunque seamos incapaces de domeñar los sentimientos podemos aprender a administrarlos, a aceptarlos de la manera en que se producen e intentar observarlos como si fuésemos espectadores, no como sus agentes directos, intentando desproveerlos de juicios y evitando que nos hagan sentir mal cuando contravienen nuestras expectativas. Es necesario vivir las emociones sin culpa, sin abrogarnos la responsabilidad de haber generado la distancia entre nuestras expectativas y lo que realmente ha sucedido en unos escenarios calamitosos en los que no hemos podido influir porque los han generado circunstancias que nos sobrepasan.

Otra de las grandes amenazas alentadas por la crisis del coronavirus afecta al deterioro y hasta la quiebra de los lazos comunitarios. Ante la imposibilidad o las dificultades crecientes para materializar el contacto físico interpersonal se impone tejer redes comunicativas a través de la tecnología. Es cierto que difícilmente sustituirán las relaciones directas pero pueden ayudarnos a expresar las emociones, a interactuar con los demás y a compartir sentimientos, opiniones, angustias y esperanzas. Asegurar la comunicación entre las personas me parece una tnecesidad que no puede ni debe descuidarse.

Aunque lamentablemente atisbo pocos indicios que apunten en algunas de las direcciones que vengo desgranando abogo porque la enorme crisis que vivimos nos haga reflexionar de verdad, radicalmente, y también porque nos motive a reorganizar nuestras vidas en todos los sentidos. Ojalá que más allá del dolor y el malestar que en estos momentos nos infringe contribuya a hacernos a todos más sensibles con las necesidades, los derechos y los sueños de todas las personas. Ojalá que nos decida a apoyar y materializar políticas y comportamientos ciudadanos respetuosos con la conservación del planeta y con el aseguramiento de los derechos fundamentales de las personas. Ojalá nos ayude a reinventarnos como tales y a construir unas relaciones sociales más antropocéntricas, más generosas y más humanitarias. Este es mi sueño, que no anhela redimir la realidad para siempre pero que descansa en la esperanza, a veces desilusionada, de que al menos lleguemos a enmendarla y mejorarla.

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