viernes, 14 de agosto de 2020

Vuelta al cole

La semana pasada alemanes, noruegos y finlandeses iniciaron la vuelta al colegio. Aquí, solo con pensarlo empezamos a sudar. Sin duda los 17 grados que tienen hoy en Helsinki, los 26 de Oslo y los 30 del norte de Alemania permiten mirar el asunto con otra perspectiva. Por otro lado, tampoco nos viene mal su experiencia por aquello de que “cuando las barbas de tu vecino veas cortar…” En este caso, disponer de un banco de pruebas, es verdad que muy particular, que anticipa en tres o cuatro semanas una réplica más o menos verosímil de lo que nos puede suceder en aproximadamente un mes, no me parece que esté nada mal, especialmente si se aspira a aprender algo de la experiencia de los demás.

En Alemania, donde algunos länder iniciaron la actividad educativa la semana pasada, la situación es variopinta, como corresponde a un estado federal y a la evolución de la pandemia del Covid-19. En Renania del Norte-Westfalia se ha optado por imponer la obligatoriedad de la mascarilla en las horas de clase, no en vano es el länder que encabeza el número de infectados. En cambio, en Berlín, Brandeburgo y Schleswig-Holstein solo debe utilizarse la mascarilla en las instalaciones de los centros, pero no durante las clases. Lo mismo sucede en Hamburgo y Mecklenburgo-Pomerania Occidental, que fueron los pioneros en inaugurar el “experimento” de reabrir las escuelas cinco días por semana. Las previsiones apuntan a que a medida que se vaya desarrollando la actividad escolar se conforme un paisaje heterogéneo en lo relativo a la lucha contra el coronavirus en las aulas. La evolución de la enfermedad en cada uno de los dieciséis länder condicionará estas diferencias regionales, que cada vez resultan menos sorprendentes. Recuérdese, si no, la proscripción de fumar en la calle y las terrazas que ha instituido esta misma semana el conservador gobierno gallego, que parece que encuentra eco en otras autonomías de su mismo y de distinto color político, como Andalucía, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Madrid y Comunidad Valenciana, que sopesan el veto del tabaco en la vía pública para reducir los contagios.

Así pues, la heterogeneidad en la vuelta al cole alemana está vinculada con el número de casos de Covid-19 y estará influenciada en el futuro por la intensidad con que golpee la pandemia a los diferentes estados. Es lo que algunos han denominado “test de estrés para el federalismo educativo”, algo que, por cierto, no debería sonar muy raro en nuestro Estado Autonómico. Sin duda la disparidad de medidas genera incertidumbre, pero la realidad es diversa por más que nos empeñemos en negarlo. De hecho, ya en la primera semana de clase, en Pomerania Occidental se ha registrado el cierre temporal de dos escuelas por casos de coronavirus. Y en Berlín están a las puertas de hacerlo porque el martes había ocho personas en cuarentena relacionadas con la actividad en los colegios. Justamente en la capital berlinesa, antes del inicio del curso, los padres pedían el uso obligatorio de la mascarilla en clase así como poner a disposición de niños y profesores más capacidad de hacer test. Por su parte, los responsables de las escuelas reclamaban más medidas de higiene y más recursos económicos para atender la limpieza de las aulas.

No faltan quienes aventuran que la apertura de colegios e institutos puede acabar siendo un gran caos. Así lo creen representantes de las asociaciones de padres y de los profesores que piensan que se inaugura una etapa en la que la incertidumbre será la tónica dominante, una opinión que concuerda plenamente con el escepticismo que existe entre la población, según reflejan todas todas las encuestas. Sólo la mitad de los ciudadanos alemanes considera que los centros están preparados para la vuelta a la actividad educativa, pese a que casi 80% considera que es muy importante la vuelta a la normalidad académica, algo que todavía parece más evidente a la vista de los resultados del estudio que el prestigioso instituto muniqués IFO ((Information und Forschung, Información e Investigación) ha realizado del denominado “homeschooling”, es decir, del tiempo que los niños destinaron al trabajo escolar diario durante la pandemia, que en absoluto responde a sus necesidades. De las 7,4 horas diarias que le dedican cuando asisten a la escuela se pasó a 3,6 horas de deberes en casa. Más allá de otras consideraciones que pudieran hacerse, el estudio deja claro que Alemania no es un país preparado para poner marcha el aprendizaje a distancia. Resulta evidente que con los medios tecnológicos disponibles  no se llega al segmento social que representan las familias menos favorecidas. No abundaré en lo que sucede al respecto en estos pagos del sur de Europa. Sin embargo, en los países nórdicos parece que la cosa no ha resultado tan lacerante, aunque también ellos reconocen la importancia de las clases presenciales. Destacan el encuentro personal como un factor de especial importancia para el éxito del aprendizaje y para asegurar la educación social.

Por otro lado, más al norte, en Noruega, se actúa más radicalmente. También es verdad que hablamos de un país con cinco millones y medio de habitantes y no de casi 85, como Alemania. Allí las escuelas se catalogan con los colores del semáforo. Se atribuye la luz verde a las que desarrollan normalmente la actividad educativa, las que se colorean de amarillo revelan que han adoptado medidas de distanciamiento social e higiene y, finalmente, se asigna la luz roja a aquellas en las que se ha reducido el número de alumnos por clase y han adoptado decisiones individuales sobre los horarios de asistencia. En todo caso, lo que se atisba en el horizonte escolar del norte de Europa durante el curso 2020-21 –me temo que en el sur no será muy diferente– es un paisaje heterogéneo condicionado por las distintas respuestas que las instituciones sanitarias y educativas darán al Covid-19 en función de su evolución. Parece que existen pocas alternativas.

De manera que todavía tenemos tres o cuatro semanas por delante para observar y estudiar lo que sucede por aquellos territorios y aprender algo de su experiencia antes de que echen a andar nuestras escuelas e institutos, además de estudiar y buscar la manera de poner en marcha y adaptar a cada situación las instrucciones que las administraciones educativas han dictado para organizar la actividad escolar. En mi opinión, no cabe prolongar más la inactividad de los centros educativos. No conviene a los niños ni a los jóvenes, tampoco a sus familias y profesores, ni a la sociedad en su conjunto.

Nadie puede aventurar cuanto durará la pandemia y un país no puede, ni debe, cerrar sus escuelas indefinidamente. Aventuro que el curso no será fácil, que serán abundantes las incidencias y que se producirá una enorme diversidad de situaciones en los diferentes territorios y centros educativos. Sabemos de antemano que  no se habilitarán todos los recursos que se pueden considerar necesarios. Muy pocas veces ha sucedido y, en este caso, son tantas las necesidades de espacios, de personal docente y auxiliar o de medios higiénicos que resulta prácticamente imposible alcanzar los umbrales que demandan algunas organizaciones corporativas y comunidades educativas radicalizadas que me parece que enfocan mal el asunto. Nos concierne a todos afrontar y salir de la catastrófica situación en que nos encontramos, y a todos nos exige sacrificios. La insuficiencia de recursos no puede ser motivo para la parálisis o para instalarnos en el lamento y la queja permanentes que no llevan a otro territorio distinto de la inacción y la ruina. Echemos a andar con los medios de que disponemos, seamos imaginativos y eficientes a la hora de utilizarlos, también al diseñar las medidas organizativas y de salubridad en los centros. Tomemos todas las precauciones posibles, extrememos cuantas cautelas estén a nuestro alcance, apelemos a la solidaridad del conjunto de la sociedad porque nos jugamos el futuro.

Cuando hace pocos meses, inopinadamente, la pandemia desató el toque a rebato para priorizar la preservación de la salud de la población frente a todo, se extremó como nunca la exigencia al sistema sanitario, lográndose hacerle frente a la catástrofe y doblegarla inicialmente con el esfuerzo titánico del personal y los recursos que pudieron allegarse. Sabemos sobradamente, y lo sabe de manera especial el personal sanitario, que no fueron suficientes. Es más, se dieron situaciones y ocurrieron episodios lamentables y hasta catastróficos. Pues bien, salvando las distancias existentes, ha llegado el tiempo de afrontar los retos educativos, quizás los mayores y más novedosos que hemos conocido. Por tanto, no va a resultar sencillo encararlos y doblegarlos. La escuela que conocemos ya no será la misma, de hecho es ya otra. Como sucedió en otros momentos de la historia, todos estamos concernidos en repensarla y reconstruirla: administraciones, familias, docentes, niños y jóvenes, ciudadanos en general.  Tenemos una oportunidad única para ofrecer una enorme lección de civilidad y armonía social extremando la exigencia en las conductas escolares y comunitarias para asegurar el menor número de incidencias patológicas y el mayor éxito educativo posible. Nos jugamos el futuro y, por tanto, inexcusablemente, debemos seguir luchando –con riesgos, porque no existe lucha que no los entrañe– por lograr que las escuelas continúen siendo los lugares de encuentro entre las personas –todas iguales, todas diferentes– que dialogando y trabajando conjunta y solidariamente contribuyen al éxito educativo de todos y universalizan la educación ciudadana.

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