jueves, 7 de enero de 2021

¿Disturbios para el fin de una era?

"La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…”. Así rezaba la letra de la vieja canción de Ruben Blade, «Pedro Navaja», que viene pintiparada para la ocasión. No es que la vida nos dé sorpresas, ella misma es una auténtica sorpresa cada mañana cuando no por una razón por otra. En la tarde-noche de ayer contemplé perplejo, supongo que como todos, las noticias que daban las cadenas de televisión informando de la insurrección que protagonizaban en directo multitud de ciudadanos en Washington, la capital de los Estados Unidos América. Vimos como unas hordas de desaforados, alentados por las impresentables peroratas de un líder radical y extravagante, tomaban las de Villadiego, decidían amotinarse y, saltándose todas las normas de la convivencia pacífica, plantarse frente al Capitolio, la sede de la representación canónica de la ciudadanía americana, forcejear con las fuerzas del orden, entrar en sus dependencias e interrumpir el recuento final de los votos electorales del complejo sistema electoral, obligando a los parlamentarios a ocultarse, protegidos por la policía, y logrando aplazar hasta esta misma mañana la confirmación de la victoria de Joe Biden. El balance provisional de semejante baladronada arroja cuatro personas muertas, algunas docenas de detenidos y un espectáculo mundial tan ignoto como lamentable, que debe ser censurado radicalmente y sin paliativos.

Ciertamente parece increíble que la algarada que presenciamos ayer se haya producido en uno de los países que mayor ostentación hace de sus convicciones políticas, autoerigiéndose en numerosas ocasiones como adalid de la democracia en el universo mundo. Lo que ayer se vivió en el Capitolio fue una situación ignota en los EE.UU. pues se trata del primer  ataque realizado por un grupo de invasores hostiles desde que los británicos tomaron el edificio en 1814. Posteriormente está acreditado que cuatro nacionalistas puertorriqueños entraron al edificio de manera pacífica en 1954, se sentaron en la galería de visitantes y sacando sus armas abrieron fuego indiscriminado hiriendo a cinco congresistas. Por otro lado, en 1998, un hombre armado accedió al recinto y mató a dos policías. Sin embargo, ninguno de esos atentados fue azuzado por un presidente como lo hizo ayer Trump  en la concentración denominada «Marcha para salvar a América», en el parque Elipse, al sur de la Casa Blanca, con la finalidad de amedrentar a los congresistas justo cuando se celebraba la sesión parlamentaria para validar la elección de Biden como presidente. 


Lo que ayer sucedió es impropio de una democracia consolidada. Por el contrario, es lo que lamentablemente acontece recurrentemente en la vida pública de las repúblicas bananeras de Centroamérica y Sudamérica, o en los regímenes militares y/o dictatoriales africanos y asiáticos, e incluso a algunas «pseudodemocracias» del este europeo. Bien mirado tampoco es que la cosa fuese para sorprenderse ya que la misma elección y el conjunto del mandato de Trump constituyen la premonición y la antesala de ese espasmo washingtoniano que coronaba 1448 días de tormentas en Twitter y cientos de provocaciones, instigaciones racistas, quebrantamiento de leyes, gobernanza de presentador de TV, manipulaciones de la verdad y, en suma, polarización del país como no se conocía desde hace generaciones. Una anomalía ininteligible y difícilmente aceptable desde el respeto a las reglas del tradicional juego democrático característico de las sociedades occidentales. Como se ha dicho y reiterado, el fenómeno Trump es una anomalía contextualizada en las derivas que ha tomado la gobernanza mundial en las últimas décadas. Hemos olvidado las motivaciones y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y del nazismo, como hemos postergado los pretextos y contextos que llevaron a aquellas emergencias. 

La condición humana es así. Periódicamente reaparecen en el horizonte sus más bajas pulsiones, adquieren carta de naturaleza y se expresan a través de formulas simplistas asentadas en principios como el garrotazo y tentetieso o el que más pueda para él. Reflexionemos y constataremos que en amplios territorios del mundo se ha instalado una gobernanza auspiciada por una facción todavía pequeña pero muy significativa de la clase política y unos intereses económicos que no miran más que por su propio bolsillo. Esta calamitosa situación, que va a más espoleada por los múltiples efectos de la pandemia que nos asola en el último año, debe hacernos despertar. Ciudadanos y políticos demócratas estamos obligados a activar la militancia y a actuar para impedir catástrofes como la de ayer. No caben los remilgos a la hora de implantar cordones sanitarios y medidas profilácticas que eviten esa y otras inaceptables situaciones en democracia. El laissez faire, el consentimiento o el pampaneo, como se prefiera, son estrategias que no hacen sino abonar estados de opinión en los que poco a poco esas minorías exaltadas y radicales, que no aceptan las reglas del juego democrático ni creen en los derechos fundamentales de las personas, tomen el poder e impongan la indignidad y la ruina para la mayoría de los ciudadanos.

Con quienes no tienen otra opción que la de romper la baraja e impedir el juego no cabe otra alternativa que la exclusión. O se les descarta para que podamos seguir jugando la inmensa mayoría, o acabarán jugando únicamente ellos. Y obviamente no al juego que todos deseemos sino al que ellos elijan, cuando y como les apetezca. Lo dicen con claridad a poco que se les escuche. Los demás deberemos plegarnos a sus designios porque para eso han determinado ser los árbitros y los protagonistas de una competición donde no existen alternativas ni cambios de rol. De manera que la tibieza y las actitudes contemplativas de las fuerzas políticas y de los ciudadanos con convicciones democráticas conducen a que esa gente, que no tiene reparos para nada, vaya ocupando el territorio institucional y los núcleos del poder. Así ha sucedido en países como Venezuela, Brasil, Rusia, Hungría y otros lares, donde han impuesto su privativa ley obligando a todos a jugar y a bailar al son que ellos eligen. O espabilamos o no tardaremos en arrepentirnos. Por otro lado, este toque de atención tampoco es nada novedoso. ¿O es que ya hemos olvidado qué impusieron a los alemanes el Tratado de Versalles (1919) y la Conferencia de Postdam (1945) por poner dos ejemplos conocidos? No hubo entonces reparos en situar a las posiciones extremistas en el lugar que correspondía y activar los mecanismo necesarios para garantizar su plena neutralización. El problema es que para llegar a ello debieron morir previamente decenas de millones de ciudadanos y quedar malheridos y arruinados otros tantos. De modo que a ver si por una vez «Historia magistra vitae est».


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