lunes, 2 de marzo de 2020

Lapiceros

En casa abundan los lápices porque no en vano son los utensilios de escritura que más me agradan. Hoy no sabía qué escribir y determiné afilarlos, cosa que hago cada cierto tiempo tras utilizarlos a discreción, aunque en esta ocasión tal vez tentaba inconscientemente que me inspirasen. Con la parsimonia que suelo desplegar para este cometido, los dispuse sobre la mesa y fui embocando ordenada y pausadamente sus cabezas en el sacapuntas para asegurarme de que el afilado fuese perfecto. Siempre lo hago así. Mientras la diminuta cuchilla las aguza, cada uno de ellos me vuelve a ofrecer su peculiar morfología, recordándome algunas de las historias a las que los tengo asociados. Porque cada lápiz tiene su quimera y tal vez otro día cuente algunas de ellas.

Entre la variada tipología de lapiceros existentes, me cautivan especialmente los blandos. Su trazo desigual, nunca tan limpio como el de los duros, ofrece como contrapartida una tonalidad oscura e intensa que asegura la fluidez y la sedosidad de su trazo. Pero no solo tengo lápices blandos. En mis botes pueden encontrarse piezas que representan a casi todos los segmentos de la escala que gradúa la dureza de sus minas, con sus múltiples formatos y coloraciones. Tengo lapiceros cortos y largos, cilíndricos y prismáticos, grandes, medianos y pequeños; azules, rojos, negros, amarillos y verdes, listados, entreverados, anodinos… Hasta puede descubrirse, perdida en el fondo de cualquier recipiente, alguna diminuta lapicera, como denominaba mi padre a los reducidos y despuntados ejemplares que se utilizaban entonces para hacer cuentas y apostillas, curiosamente parecidos a los que obsequia Ikea a la entrada de sus tiendas, para que anotemos los artículos que nos interesan mientras recorremos sus laberínticas dependencias, guiados por un ineludible y ladino itinerario ideado para estimular las compras.

A veces imagino los lápices como criaturas animadas, ansiosamente instaladas entre los dedos de las mentes pensantes, reclamándoles que les dicten historias para garabatearlas y contarlas. Los imagino pidiéndoles con carantoñas y sutilezas que les inspiren narraciones que remeden la realidad cotidiana, o los enigmas que conjeturan ciencias y conciencias. Los percibo anhelantes, ansiosos por modelar frases y párrafos que distraigan, que emocionen, o que simplemente ayuden a la gente a entender lo que pasa a su alrededor.

Sin embargo, hoy, mi mente traicionó a mis lapiceros: nada les sugirió de cuanto ansiaban. Hoy, el recién estrenado marzo, el fausto mes en que nací, se muestra especialmente empecinado en hacer honor a las vetustas e infaustas tradiciones: “año bisiesto, año funesto”, “¡cuídate de los idus de marzo!" Hoy solo es noticia que España registra alrededor de 115 casos de coronavirus, según ha señalado el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Este lunes se han anunciado nuevos contagios en Cataluña, Castilla-La Mancha y Castilla y León, Madrid y Cantabria. El Centro Europeo de Control de Enfermedades ha elevado de moderado a alto el nivel de riesgo por el coronavirus, según dijo Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. Hoy es noticia que la OCDE prevé que la economía mundial crecerá la mitad si la crisis del coronavirus se alarga y agrava. Y, también, que se murió Ernesto Cardenal, la voz moral de la revolución sandinista y el crítico más implacable del repugnante Daniel Ortega. Hoy, pese a todo, 15.000 refugiados que se agolpan a lo largo de la frontera turco-griega ansiando entrar en la Europa del coronavirus.

Parece que regresamos a la Edad Media. Se acumulan los motivos para que impere el miedo, el malestar y la involución. Si el pasado verano entronizó el apocalipsis climático, el invierno nos abruma con la lacra del Covid-19. Ni clima ni virus –¿acaso son cosas diferentes o diferenciadas?– respetan las fronteras; al contrario, campean a sus anchas sobre un mundo globalizado que no hemos elegido. Una razón más para insistir en aquello de: quo vadis nacionalismos? De nuevo la constatación recurrente: autoridades estatales, males (delincuencia incluida) planetarios. Sabemos qué grandes problemas nos acechan, pero no disponemos de instrumentos para afrontarlos.

Se impone nuevamente una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: la dificultad de estar informado en la era de la información. La comunicación es tan intensa que esencialmente produce ruido. Se trivializan las noticias, se saturan las redes, se impone la confusión y la parálisis comunicativa. Lo sabemos todo y no sabemos nada. Los expertos en comunicación insisten en que tan solo hay dos maneras de captar la atención mediática: reiterar y vociferar.

En los últimos años, el éxito de cualquier noticia, tuit, canción o vídeo tiene un adjetivo: viral. El triunfo comunicativo se identifica con la propagación masiva y obsesiva de los virus. Tal vez ese es el secreto del coronavirus, cuyo éxito reiterado no solo sintetiza su realidad sino que metaforiza la comunicación actual. El Covid-19 asusta y fascina simultáneamente porque rige imperialmente el planeta. Quizá por ello luce corona.

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