jueves, 5 de marzo de 2020

Desorientación

Han transcurrido siete semanas desde que se conformó el Gobierno de coalición. Tras ocho meses de bloqueo político, el trece de enero, un ejecutivo integrado por ministros del PSOE y de Unidas Podemos tomó posesión en el palacio de la Zarzuela, visibilizando el resultado de las elecciones generales del diez de noviembre, segundas celebradas en 2019, tras la imposibilidad de formar gobierno después de las primeras. Como era de esperar en un país con una derecha tan reaccionaria e impaciente –y ahora tan venturosamente segmentada–, todavía no habían tomado posesión de sus cargos los nuevos ministros y ya debían encresparse los ánimos con las críticas más agrias, presuntamente estimuladas por la que llaman espuria alianza gobernante. La derechita cobarde, la derechona infumable y la que no es  ni “carn ni peix”, porque depende de cómo amanece el día, vociferaban ansiosas y sulfuradas, reclamando el poder que solo a ellas pertenece, pues no en vano lo han ejercido toda la vida.

Apenas han transcurrido dos meses desde la toma de posesión del Gobierno y parece que empieza a sumarse el fuego “amigo” al que no han cejado de propalar sus opositores naturales. ¡Qué verdad aquella que encierra el viejo adagio: líbreme Dios de mis amigos, que de mis enemigos ya me ocupo yo! Viene todo esto a cuento de que los periódicos recogen estos días que desde la Moncloa se subraya que es el Ministerio de Sanidad, que dirige el socialista Illa, el único responsable de la gestión de la epidemia del archifamoso coronavirus, tras hacerse pública por parte del Ministerio de Trabajo, que dirige la podemita Yolanda Díaz, una guía de actuación para afrontar la enfermedad. Difundida el pasado miércoles, en ella se aconseja, entre otras cosas, "paralizar la actividad laboral" en las empresas con "riesgo grave e inminente" de contagio. Esta pequeña fricción, que ha trascendido públicamente, se añade a otras dos anteriores, acontecidas a propósito del anteproyecto de ley de libertad sexual y del recurso contra la sentencia que obliga al Estado a indemnizar a la familia de José Couso, cámara muerto en la guerra de Irak.

Añaden algunos medios que la batalla por el liderazgo del feminismo también está erosionando e incluso agrietando, dicen otros, la coalición de gobierno. Apuntan a la pelea entre la vicepresidenta Calvo y la ministra Montero que, según aseguran, ha abierto heridas lacerantes, que la oposición se apresta a profundizar en busca del correspondiente rédito político. Estamos a seis de marzo y en el inmediato horizonte está el ocho, avistándose la batalla de fondo por el liderazgo del feminismo. En este caso la exministra socialista de Igualdad, persona muy vinculada a este movimiento, brega con la actual ministra podemita, responsable institucional del ramo. No cabe duda de que Igualdad ha sido un recurrente punto de tensión entre PSOE y Unidas Podemos. Incluso en el interior del movimiento feminista se libra una intensa batalla que refleja las visiones, a veces contrapuestas, de unas y otras. En el fondo lo que se disputa es el liderazgo de un movimiento que no sólo es crecientemente masivo, sino que tiene un enorme peso político porque impulsa el voto femenino, claramente decisivo en cualquier contienda electoral.

Esta postrera fricción en el seno del Ejecutivo es la que hoy por hoy ocupa buena parte de la agenda política. Sin embargo, desde Unidas Podemos insisten en que no tiene nada que ver con las otras, es más, aseguran que no existe ninguna discusión de fondo ni ideológica, y que se trata de un incidente puntual que ya está resuelto. Más o menos lo mismo viene a decirse por parte de sus socios socialistas.

A la vista de todo ello, me pregunto: ¿cuánto tiempo necesita la izquierda para asimilar que, políticamente hablando, al enemigo no se le proporciona ni agua? ¿Qué hacen ofreciéndole oxígeno a un adversario que, dividido y desnortado, probablemente se encuentra en uno de sus peores momentos? ¿Cómo es posible que cuatro semanas hayan logrado empezar a diluir los saludabilísimos propósitos que se anunciaban para la legislatura? Porque debemos recordar aquello de: “El proyecto político es tan ilusionante que supera cualquier tipo de desencuentro que hayamos tenido”. “Vamos a trabajar por el progreso de España. Lo único que no cabrá en el futuro Gobierno será el odio”. “Agradezco a Pablo Iglesias su predisposición y generosidad” [Pedro Sánchez]. Y, por su parte, apostillaba Pablo Iglesias: “lo que en abril era una oportunidad histórica se ha convertido en una necesidad histórica”. “Sánchez puede contar con la total lealtad  de todo mi partido, ya que es el momento de aunar la experiencia del PSOE con la valentía de Podemos. Es el momento de trabajar codo con codo y dejar atrás cualquier reproche”.

Pues eso, que no nos vale aquello de: “Es que…”. Señores, ni es que, ni es ca. ¡A la tarea!. Pues eso, amigos, justamente eso. No perdamos también nosotros el norte. Es posible que la principal amenaza de la democracia no sea la violencia, ni siquiera la corrupción o la ineficiencia. Tal vez, como dice el profesor Innerarity, sea la simplicidad. De modo que, como él, abogo por exigir a nuestros representantes que trabajen intensamente para transformar el sistema político que, hoy por hoy, parece incapaz de atender y gestionar la creciente complejidad de nuestras vidas. Y lo que es peor, se muestra impotente frente a quienes, desde el populismo, ofrecen simplificaciones tranquilizadoras, que realmente son altamente preocupantes. Seguramente, la política, que opera hoy en entornos de exigente complejidad, desconoce la teoría democrática sobre la que debe sustentarse. Y esa es la tarea que deben acometer los políticos si de verdad quieren poner en pie un andamiaje socioinstitucional que responda a los actuales desafíos. Ardua, sí, pero a la vez ilusionantísima tarea. Al menos, así lo veo yo.

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