sábado, 2 de abril de 2016

Suicidas.

Sabemos que las estadísticas son muy sufridas. Un ejemplo paradigmático que lo demuestra son las noches electorales. En ellas, cuando concluye el escrutinio de los votos, con independencia de la tipología o el alcance del proceso electoral, todos los candidatos declaran recurrente y solemnemente que han obtenido excelentes resultados, si es que no aseguran directamente, sin cortarse un pelo, que son los ganadores de las elecciones, cosa obviamente imposible.
Además de estas falacias, existen los denominados “espejismos estadísticos" que son cálculos obtenidos correctamente, sin errores metodológicos, elaborados siguiendo protocolos intachables y que, sin embargo, producen impresiones erróneas. Es lo que sucede, por ejemplo, con la movilidad de la Semana Santa, que unos años cae en marzo y otros en abril, afectando y alterando las comparaciones interanuales en temas económicos, de consumo, laborales, etc. En la mayoría de las estadísticas, el mes en el que cae la Semana Santa es peor que el mes similar sin ella, porque al haber menos días laborables se produce y se vende menos. Pero en algunas actividades económicas, como el ocio y el turismo, el mes con Semana Santa es mejor que el mes equivalente sin ella. De modo que cuando al enjuiciar los datos macroeconómicos se dice, por ejemplo, que el primer trimestre de este año ha sido mejor que el del anterior se obvia a menudo que en aquél la Semana en cuestión cayó en marzo, mientras que en el año actual se celebra en abril.
Viene esta introducción a cuento de un reciente informe publicado por el Instituto Nacional de Estadística (INE) en el que se constata, en este caso sin falacias ni tapujos, el dato sorprendente –al menos para mí– de que el suicidio es la primera causa de muerte externa en España. Está elaborado con datos del año 2014 –ya se sabe que las estadísticas suelen estar desfasadas, aún en la era de la cibernética– que indican que se produjeron 395.830 defunciones, 5.411 más que el año anterior. La mayoría de ellas (el 96,2 %) fueron por causas naturales (fundamentalmente enfermedades, sobre todo cardiovasculares, tumorales y  respiratorias). Las causas externas de mortalidad, que incluyen las caídas accidentales, ahogamientos, golpes de calor, accidentes de tráfico y suicidios representaron el 3,8 % de los fallecimientos en ese año, siendo, curiosamente, el suicidio la causa más relevante con 3.910 decesos, casi 11 al día, una cifra que casi duplica a los muertos por accidente de tráfico, ya de por sí un auténtico disparate, como lo demuestra el hecho de que entre 2005 y 2014 el número de víctimas mortales haya disminuido un 65%.  Es inevitable preguntarse, ¿hasta dónde se puede y se debe reducir esta siniestralidad? 
Poco o nada tiene que ver la mortandad producida por el tráfico con la generada por los suicidios. Mientras la primera la ocasionan causas aleatorias y carentes de intencionalidad, con frecuencia las personas que se suicidan tratan de alejarse o eludir una situación de vida que les parece imposible de manejar. El suicidio es el alivio que buscan a sus sentimientos de vergüenza, culpabilidad, pérdida, soledad, rechazo, etc. Los comportamientos suicidas son propios de personas en las que concurren uno o más factores como el trastorno bipolar, la depresión, el consumo de alcohol o drogas, el trastorno de estrés postraumático, la esquizofrenia, el trastorno límite de la personalidad y cuestiones de vida estresantes, como problemas graves de carácter financiero o en las relaciones interpersonales.
En 2014, España invertía en salud mental el 5 % del total del gasto sanitario, lejos del 10% que dedicaban de media el resto de países de la Unión Europea. Se estima que, en Europa, cuatro de cada diez personas padecerá una enfermedad mental a lo largo de su vida. Por ello los expertos advierten de que la carga social de patologías como la esquizofrenia, el trastorno bipolar y el autismo produce más discapacidad y más años de vida perdidos por enfermedad que todas las oncológicas, cardiovasculares y diabetes juntas.
Cuestiones de impacto económico al margen, a juicio de quienes saben de este asunto parece que queda un largo camino por andar hasta que podamos decir que los recursos de la Red de Salud Mental consiguen razonablemente la recuperación de las personas diagnosticadas con enfermedad mental grave y persistente en términos de calidad de vida, proyecto vital, red social e inclusión, recortando radicalmente esa sangría diaria de suicidas que nos afrenta, como lo hacen otras realidades sociales.
A mí, particularmente, me duele en el alma ver, como lo hago a menudo, personas con comportamientos zombis siguiendo mecánicamente los pasos de los familiares que las atienden. Me duele ver el deambular sin rumbo de sus deformados cuerpos y semblantes, voluminosos, inexpresivos y ausentes. Me duele ver envejecer a parientes que  soportan cargas familiares que los sobrepasan. Me duele y me exaspera ser testigo del riesgo en que viven muchos de ellos, condenados a convivir bajo el mismo techo con familiares que pueden acabar con sus vidas, aunque no sepan que lo están haciendo, que no les permiten ni dormir tranquilamente en sus casas. 

Me duele el desamparo de quienes han perdido su propio amparo, y hasta su egoísmo y su instinto de supervivencia Y me parece que no podemos permanecer impasibles ante semejantes sufrimientos y menos llegar a ser casi cómplices tácitos de tan irrevocables silencios.

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