viernes, 29 de abril de 2016

El atrevimiento de la ignorancia.

Hoy es 29 de abril. Hace algo más de cuatro meses que se celebraron las últimas elecciones generales. Unos comicios con resultados archiconocidos, que parecían augurar un escenario político novedoso, inicialmente contemplado con esperanza por buena parte del cuerpo electoral. Cuatro meses después estamos como si nada hubiese sucedido. Volvemos al principio, aunque con algunas diferencias: la frustración se ha adueñado de muchos ciudadanos y cunde el desánimo y la indignación porque, entre otras cosas, nos vamos a gastar dos o trescientos millones de euros en unas nuevas elecciones generales, probablemente a cuenta de nada.

Dicen los considerados expertos que lo que ocurrirá el próximo 26 de junio será más o menos lo mismo que sucedió el 20 de diciembre. Así que no solo habremos perdido cuatro meses sino que en el mejor de los casos serán necesarios seis u ocho para que tengamos gobierno; y ello suponiendo que las encuestas se equivoquen de nuevo y suceda lo que no vaticinan; o que acierten, se repitan los resultados pretéritos y cambien a la vez las actitudes de las formaciones políticas y de sus líderes. El panorama que materializarían las conjeturas contrarias no quiero ni imaginarlo: una atomización de partidos en un escenario sociopolítico reactivo a las grandes coaliciones, como las que existen en Italia o Alemania, que podría llevar el país a algo semejante al rosario de la aurora. Es lo que tenemos y no queda otra alternativa que aceptarlo y aguantarnos porque hacerse apátrida no parece cosa fácil, ni depende de nosotros. Pero es duro, hay que reconocerlo. Pondré algunos ejemplos de la realidad que debemos digerir.

Te echas a la cara un ejemplar de la edición de ayer del diario Información y te encuentras un par de páginas dedicadas a la visita del Presidente del Gobierno. Un señor al que no hemos visto el pelo por aquí en los últimos cuatro años, mientras ha sido Presidente de pleno derecho y no en funciones, como ahora. Supongo que el viaje tenía finalidades orientadas al consumo interno de la militancia de su partido, aunque incluyó una visita al MARQ, que aprovechó para empezar la precampaña y hacerse la propaganda de rigor. Más allá de esas bagatelas, uno no puede evitar preguntarse: ¿qué hace Rajoy a estas alturas en Alicante, Comunidad Valenciana, España?, ¿qué motivación puede tener acudir a un territorio que representa el paradigma del desgobierno que tan agria e insistentemente vociferaba su valedor cuando estaba en la oposición: la tierra del paro, del despilfarro y de la corrupción, como jamás habíamos conocido?.

Me pregunto qué hace Rajoy en Alicante, en la ciudad que han ‘desgobernado’ durante dos décadas sus correligionarios Luis Díaz Alperi y Sonia Castedo, en la capital de una provincia que ha alumbrado personajes como José Joaquín Ripoll o Eduardo Zaplana, como Ángel Fenoll o Enrique Ortiz. Qué pinta Rajoy en una circunscripción electoral que ha tenido el dudoso honor de presentar como cabeza de lista del PP al Congreso, nada menos que en cuatro legislaturas, a Federico Trillo, últimamente reemplazado por García Margallo, otro ‘cunero’ aterrizado en Alicante tras el desastre del Yak 42 y sus consecuencias. Una provincia en la que se han materializado algunos de los mayores pufos que se atribuyen a los gobiernos del PP como la Ciudad de la Luz, Terra Mítica, las basuras de la Vega Baja, etc. ¿Qué piensa recoger Rajoy de la ruina en que está sumida esta tierra, desde Vinaroz a Pilar de la Horadada, desde Valencia hasta Ademuz? En mi ingenuidad, me da por pensar que igual está preparándose el terreno para volver a su plaza en el registro de la propiedad de Santa Pola. ¡Bendita hora!, que ya está bien de Rajoy y de “rajoyismo”, de su inanidad y de su desidia para cuanto conviene al interés general; no para lo que importa a unos pocos, evidentemente. Lo sentiría por los santapoleros, pero creo que es preferible que la inoperancia del señor Rajoy afecte exclusivamente a sus propiedades que al conjunto del país.

Este es Rajoy, el casi seguro candidato del PP. Si no nos parece materia suficiente, podemos aproximarnos al más que probable candidato del principal partido de la oposición: Pedro Sánchez. Un personaje que estuvo desdibujado en la primera parte de la última campaña electoral pero que, sorprendentemente, en su momento álgido le espetó al señor Rajoy aquello de: “usted no es una persona decente”. No sé si será una de las pocas  verdades que ha dicho a lo largo de su trayectoria pública, pero a mí me gustó y a muchos millones de españoles también. Abrogar hoy de aquella afirmación, tan desabrida como categórica y veraz, me parece un despropósito que desdice radicalmente a quienes le asesoraron entonces, personas brillantes que lograron agigantar la figura del candidato, quebrando las inercias y tendencias que parecían haberse instalado en el electorado hasta aquella noche.

Además, el candidato Sánchez patrocina una convocatoria de “primarias exprés” en su partido, que son un paripé y que no servirán para otra cosa que para someter a su interés un electorado cautivo, preso de las triquiñuelas del aparato del partido. No contento con todo esto, ha declarado su respaldo a la señora Chacón. Tal vez trata de darle el empujón para que se despeñe definitivamente (por otra parte, me parece que se lo ha ganado a pulso), o pudiera ser una rectificación como la dirigida a Rajoy. En fin, hay mucho más, y de seguir en esta línea, vamos listos también con el señor Sánchez.

El pobre de Alberto Garzón, entre las inercias de su propia organización y ante la expectativa de replicar un triunfo tan inapelable como el que cosechó el 20 de diciembre, parece que acabará dejándose caer en los brazos de su amigo Pablo Iglesias. Desde mi ignorancia, me parece que ello supondrá para él y para su partido un auténtico suicidio, que no solo pagará personalmente, sino que afectará profundamente a su organización, que tardará décadas en recuperarse, si llega a hacerlo.

Y para concluir, los líderes emergentes señores Rivera e Iglesias. Empezaré por el segundo. En todas sus apariciones públicas refuerza algún rasgo de cuantos conforman la imagen que nos hemos forjado de él muchísimos ciudadanos, la de una persona prepotente, autoritaria y maleducada. Pablo Iglesias me parece un personaje singular, impropio de los tiempos que corren, que creo que no merece el respaldo y la devoción que le profesan tantas y tantas personas, muchísimas de ellas bienintencionadas. Es de esos individuos que no soportan dejar de ser el centro de las reuniones, que necesitan acaparar los flashes de los fotógrafos y los objetivos de las cámaras de televisión. Un personaje que estudia cada uno de sus gestos y actitudes, así como las frases que pronuncia en sus comparecencias para sentirse siempre en el centro del universo, en el ombligo del mundo que le circunda. Una persona que hoy se postula como única alternativa a derecha. No entiendo como gentes inteligentes de su propia organización y de otras procedencias, que se han acoplado a ese magma electoral que se llama Podemos, soportan la egolatría y la petulancia de este personaje. Y todavía lo entiendo menos tras las purgas estalinistas que ha llevado a cabo en su partido. Pero, bueno, algo verán en él o algún interés tendrán ellos en seguir hacia delante cuando lo alentan y lo soportan. En mi opinión, si esta es la persona que encarnará el futuro de la socialdemocracia o algo que se le parezca en este país, el contrapunto que oponer a la derecha, auguro que tras las próximas elecciones vamos a tener gobiernos de la derecha durante muchos años.

No obstante, reconozco que hay que ser osado para ofrecerse como alternativa a la derecha. Creo que ello es enormemente complicado se mire por donde se mire, sea desde las posiciones socialdemócratas clásicas, o incluso desde más allá. Hace más de dos décadas que el capitalismo, con sus ventajas e inconvenientes, básicamente, con su enorme inercia productiva y con las tremendas desigualdades que conlleva, se ha universalizado y no tiene disyuntiva. En este contexto, izquierda y derecha son conceptos que se han desdibujado porque ya no representan a dos estructuras socioeconómicas confrontadas. En el viejo orden económico previo a la caída del muro de Berlín, la confrontación se planteaba entre quienes eran partidarios del orden socioeconómico establecido y quienes pretendían sustituirlo por otro que se ajustase mejor a sus intereses. Ahora de lo que se trata no es de sustituir un sistema por otro, sino de conquistar la preeminencia en el único existente. Así pues el argumentario de las fuerzas políticas abandona la divergencia y tiende a la confluencia. En consecuencia, desaparecidas las diferencias sustantivas, se crea un caldo de cultivo proclive a la demagogia, puesto que no queda otra cosa que enfatizar los matices diferenciales. En el nuevo orden ya no hay clases sociales, sino la minoría gobernante (la casta, le llaman los nuevos políticos) que se confronta con una supuesta mayoría aspirante (la gente, le denominan ellos), que no es tal. No lo es porque lo que representa esa hipotética mayoría es una constelación de intereses y facciones, que alimenta un fraccionamiento y una desintegración crecientes del cuerpo electoral, especialmente del segmento que vota las opciones de izquierda, lo que dificulta notablemente sus opciones de acceder al gobierno, y obstaculiza de soslayo la propia gobernabilidad del país.

En este río revuelto aparecen circunstanciales pescadores, como el último de los actores del reparto, Albert Rivera, al que oímos decir que el suyo es un partido de centro, laico y progresista. Y, como muestra de su centrismo y su equidistancia, señala que se alía con las izquierdas en algunas Comunidades y con las derechas en otras. Le falta añadir que con las primeras lo hace cuando no tiene otro remedio (Andalucía) porque cuando puede elegir (cuando da de sí la suma de sus votos, como en Madrid o Murcia), siempre lo hace con las derechas, que para eso nació: para contrapesar a Podemos y para ocupar el territorio que pierde el PP por su desgaste. Así que por más que afile el lápiz de la demagogia, Albert no puede ocultar que su partido está en la órbita de familia política liberal, que ha sido la máxima defensora de las políticas neoliberales promocionadas por las derechas europeas, que controlan las mayores instituciones, incluidos el Consejo Europeo, la Comisión Europea y el Eurogrupo, que ya sabemos como se las gastan.

Así que, desde mi ignorancia, como dije hace meses, tengo claro lo que voy hacer el día 26 de junio: ir a votar. Pese a todo lo dicho, no me voy a quedar en casa. Espero que mis conciudadanos, especialmente los críticos, que suelen apoyar alternativas de progreso, reflexionen y piensen sobre las consecuencias de su voto. En unas elecciones siempre nos jugamos el futuro, pero en este caso creo que lo hacemos especialmente. Se pueden imaginar escenarios diversos para los próximos años, pero cualquiera de ellos debe pasar por conformar una alternativa que erradique de los poderes públicos a los responsables de la corrupción, del 'austericidio' y del latrocinio que hemos sufrido los últimos años, que ni merecemos ni podemos consentir. La gente del país queremos disfrutar de una vida mejor, más justa y más equitativa, y debemos pelear por asegurarnos ese futuro razonable.

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