martes, 19 de abril de 2016

Luis Montes.

Cada vez que me echo a la cara el rostro cetrino de este hombre, su amplia y abombada frente, las pobladas cejas que rematan sus ojos rehundidos, tristes y circundados por las considerables bolsas que acogen el nacimiento de las arrugas que se le escapan por sus rabillos; cada vez que advierto su nariz prominente y rotunda, sus orejas abatidas, como las que encuadran los rostros de la gente que ha vivido mucho, su blanquecina y poblada barba, la arqueada comisura de sus labios dibujando ese rictus que expresa algo inaprensible y triste;  cada vez que observo su cuello espigado surgiendo de una camisa normalmente desabrochada y arropada por una chaqueta fruncida e informal; cada vez que tengo delante una fotografía de esta persona no puedo evitar sobrecogerme, abrumado por el formidable respeto que me infunde la inmensa labor que ha desarrollado. La suya ha sido y es una tarea ardua, callada y eficiente, mal remunerada y, sin embargo, vituperada y perseguida.

Dr. Luis Montes
Luis Montes Mieza es su nombre. Alguien a quien se ha aludido con algunos de los peores sustantivos que pueden encontrarse en el diccionario, como nazi o doctor muerte. Un médico al que se ha responsabilizado de cometer cuatrocientos homicidios por sedaciones ilegales, acusación falsa, de la que fue absuelto por los tribunales. Un hombre que no logra apartar de su rostro la imagen del sufrimiento, el propio y el compartido, como consecuencia de su vivir involuntariamente atormentado por causa de la atroz persecución que ha sufrido por parte de quienes no han cejado de acosarlo, denigrarlo y difamarlo, aunque pese a su empecinamiento no han logrado quebrar su firmeza y sus convicciones.

En las últimas décadas, pocas personas han soportado en este país asedios y represalias que alcancen la brutalidad de los que ha debido aguantar un ciudadano que hoy preside la Asociación Derecho a Morir Dignamente, cuya vida se rige por dos principios irrenunciables que confieren dignidad a las de los demás: vivirla con integridad y perderla razonablemente.

Este país retrógrado, casposo y carca acabó con el mejor de sus proyectos y con la trayectoria del excelente grupo de profesionales que el doctor Montes dirigía en el Hospital Severo Ochoa, de Leganés (Madrid). A todos les aplicaron, sin piedad, procedimientos de represión arbitrarios y furibundos, impropios de un Estado democrático. El integrismo de las autoridades madrileñas destituyó a jefes de servicio, médicos, supervisores, etc. No se detuvieron ante nada: ni frente a los daños personales, ni frente a los quebrantos morales. Destrozaron personas, familias, profesionales, servicios públicos y cuanto fue menester para conseguir sus propósitos.

Tanto en la Comunidad de Madrid, como en el País Valenciano, el búnker del PP ha hecho valer, como acostumbra, su presunta infalibilidad, la convicción de estar en posesión de la verdad absoluta. Una vez más demostraron que el error es un término que no va con ellos, y por eso tampoco está en su diccionario. Y mucho menos contemplan sucumbir a la debilidad de rebajarse a pedir perdón por los perjuicios o el daño que producen sus errores, algo que objetivamente es imposible desde su perspectiva única. En este caso, dañaron a sabiendas, se encarnizaron para lograr sus propósitos y, cuando se les puso en evidencia, ni mostraron arrepentimiento (virtud tan cristiana, por otra parte), ni han pedido perdón y, lo que es peor, a los responsables de tales desatinos no les ha costado nada haberlos llevado a cabo. Al contrario, han obtenido suculentas prebendas por los servicios prestados, colocados en canonjías alejadas de los espacios públicos en los que produjeron los desmanes.

Y es que lo que se jugaban en el envite era muy importante. Por un lado, estaba el negocio, es decir, se privatizaba la sanidad madrileña a manos llenas y había que distraer la atención de la ciudadanía mientras se construían seis hospitales cuya gestión se confiaría a la iniciativa privada. Por otro, se dirimía una cuestión primordial, de fondo: la gestión directa de la propia vida por parte de los ciudadanos. El establishment era plenamente consciente de que lo que el doctor Montes y su equipo estaban haciendo en Leganés era gravísimo: mostraban a la sociedad española que los ciudadanos tenían derecho y podían decidir sobre su propia muerte; la vida dejaba de ser un don recibido, como sostiene la doctrina eclesiástica. Por fin, los ciudadanos alcanzaban el derecho a intentar gestionarla lo mejor posible, en lugar de confiarla a manos de terceros. Lo que el doctor Montes y sus colaboradores proponían era configurar una sociedad “potencialmente suicida”, como él mismo ha dicho. Todos sabemos que una sociedad de esa naturaleza es absolutamente ingobernable porque supone un ejercicio de libertad supremo. A eso la derecha de este país le teme pavorosamente y no está dispuesta a consentirlo. Probablemente, ese fue el mayor delito que cometieron estos profesionales: apuntar a un objetivo inalcanzable que las fuerzas vivas estaban resueltas a impedir a cualquier precio.

Hoy, después de lo que ha pasado, de lo que ha peleado y de lo que ha sufrido el doctor Montes me emociona verlo presidir la Asociación Derecho a Morir Dignamente y reivindicar un marco jurídico, equiparable al que existe en Holanda y otros países, que instaure en el ordenamiento español el derecho de los pacientes a rechazar cualquier tratamiento (el único reconocido actualmente), a planificar las propias voluntades y a la universalización de los cuidados paliativos, así como una ley de muerte a petición o muerte voluntaria, que lo engloba todo.

Mi simpatía por el doctor aumenta todavía más cuando reivindica para todos los ciudadanos que logren morir como lo hacen los médicos. El asegura, sin sonrojarse, que en tanto que médico tiene dos ventajas: maneja las drogas mejor que la mayoría de sus conciudadanos y tiene amigos que también son expertos en ello. Por eso asegura, sin rubor, que probablemente se morirá mejor que los demás y ello le parece tremendamente injusto porque considera que no hay derecho a que alguien se muera mejor que otro por el hecho de ser médico o por tener un cuñado anestesista.

Sé que este es un tema escabroso y polémico que eludimos cuanto podemos pero, por más que escondamos la cabeza debajo del ala, antes o después nos afectará, a nosotros y a todos, también a quienes tenemos cerca y queremos. Por eso admiro lo que representa el doctor Montes y también el trabajo silencioso y duro de los muchos doctores Montes que ayudan a la gente a morir en los hospitales o en sus casas. Se han ganado de sobra un lugar de privilegio, que reivindico, y el reconocimiento de la ciudadanía que debiéramos testimoniarles cuanto antes, sin esperar a que estén muertos.

1 comentario:

  1. Suscribo totalmente tus palabras y reflexiones.Un gran hombre.Mi reconocimiento.Diego

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