lunes, 13 de julio de 2015

13 de julio.

Las seis y media de la mañana. Hace apenas unos minutos que rompió el día. Una luz difusa, cenicienta y uniforme tinta el cielo de gris plomizo. Si no fuese por la calma chicha que flota en el ambiente parecería que estrenamos un día otoñal. Solo la pesadez atmosférica nos alerta de que estamos en plena canícula, perceptible ya cuando el titileo de las luces de las farolas traspasa innecesariamente el desvaído telón de tinieblas que lo enmarca.

Es hora en la que aún se puede disfrutar del silencio nocturno que apenas interrumpen mínimos ruidos matinales que anuncian el despertar de una ciudad que se despereza lentamente, como todos los lunes, resistiéndose a dejar el sueño, que a mi me ha abandonado prematuramente esta mañana echándome de la cama a una hora inusual. Una eventualidad que agradezco porque me ha permitido disfrutar de los cantos albares de gorriones, jilgueros y tórtolas, apenas interrumpidos por espaciados runrunes de los automóviles que empezaban a ocupar las negras arterias urbanas.

Hacía tiempo que no saboreaba un amanecer como el de hoy. Una alborada en la que he gozado desentumeciéndome lentamente, paladeando en la terraza de casa un aromático café que en pocos segundos me ha terminado de despertar. ¡Qué grato es vivir tan intensamente el escaso intervalo que separa la oscuridad de la luz, el reposo del ajetreo, el silencio del fragor, el sueño de la vigilia! ¡Qué disfrute apurar el efímero espacio en el que la placidez de la madrugada se quiebra irremediable y abruptamente trocándose en la estridencia que producen los primeros vehículos y los estrépitos matinales!  

Foto. Pablo Blázquez (Getty)
Apenas han transcurrido quince minutos y la luz y el ruido se han adueñado de todo. Se han esfumado las siluetas recortadas de edificios, farolas y árboles sobre el fondo etéreo de una atmósfera oscura y anodina. De repente, todo se ha hecho hirientemente visible, como cuando se alza el telón en el teatro y se iluminan con intensidad el decorado y los personajes. En pocos minutos se ha ido poblando el asfalto y los pájaros han enmudecido, o casi. Su elocuente silencio seguramente anunciaba la hora del desayuno, el tiempo de aplicarse a lo prosaico, de dejarse de zarandajas y de hacer por vivir.

Entretanto, sobrevuelan el horizonte los primeros aviones, que han puesto rumbo norte apresurándose para llegar puntualmente a la peudocivilización que abre otra vez sus puertas hoy, lunes, por la mañana. Comienza de nuevo la veda en el inhóspito paisaje que conforman las urbes engullidas por el tráfago, en las que prima la obstinación por llegar a tiempo a cualquier lugar. Es lunes, 13 de julio. Penúltimo encierro. En poco más de media hora se verán por televisión las primeras imágenes de las calles de Pamplona, angostas y medievales, repletas de gente, que volverán a mostrarse recuperadas tras soportar otra diabólica noche de sanfermines. Pronto empezará el encierro y estarán de nuevo los toros en la calle para componer con los mozos propios y ajenos una cabalgata eléctrica, un espectáculo excepcional, tan primoroso como trágico en ocasiones. Hoy, el penúltimo. Los toros, de Domingo Hernández, de Salamanca, que repiten este año. Reses teóricamente cómodas que lidiaran por la tarde tres figuras de relumbrón: Juan José Padilla, El Juli y Miguel Ángel Perera. ¡Suerte para todos! ¡Y buen día!

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