sábado, 13 de marzo de 2021

Domingo Moro Planells

Pese a que resuene a topicazo, para abordar el perfil de mi amigo Domingo debo referirme en primer lugar a la insularidad, que es lo mismo que revelar su condición y carácter isleños. Ese atávico y ancestral sentido del aislamiento que ha caracterizado la identidad de los habitantes de las islas, que enraízan sus existencias en patrias diminutas, de pocos kilómetros cuadrados, abandonadas en medio de la mar, que viene a ser como el gran telón de fondo de sus vidas y tal vez por ello lo mismo les sirve para aislarse que para protegerse de las tribulaciones del resto del mundo. Sí, ansían la mar como anhelan la estima de sus progenitores, aunque aparentemente parezcan ignorarla. Necesitan la amplitud de sus horizontes para afianzar el sosiego y la seguridad que reclaman pues, por más siglos que pasen, no logran abandonar el viejo e irracional convencimiento de que el peligro y las desgracias casi siempre vienen de fuera.

Debo precisar que mi amigo y su familia son ibicencos y que su idiosincrasia responde a las peculiaridades mencionadas, que hoy están mucho más diluidas que antaño, pues hace décadas que su territorio rebosa de turistas que han desencajado en buena medida las vetustas tradiciones locales influyendo en el carácter de los lugareños que, pese a todo, me parece que continúan percibiendo la isla como un pequeño cosmos engarzado armoniosamente con el universo mundo. Sí, bien mirado, en su exiguo espacio se suceden las mismas cosas que en cualquier otro lugar, como testimonia su historia y su rica tradición oral. De hecho, lo que pasa en este pequeño ecosistema que apenas rebasa los quinientos kilómetros cuadrados replica la realidad del archipiélago y de la propia Península, y hasta del mundo global. En él se desatan pasiones y odios, amores y desamores, trabajo y desocupación, realismos y ensoñaciones…, como en todo lugar. Aunque tal vez la insularidad dota de especial intensidad a los hechos y a las personas que los protagonizan, condicionando su mentalidad y sus formas de vida, reforzando su personalidad y haciéndoles adoptar perfiles peculiares, como el que corresponde a Domingo, un ser esencialmente alegre, tranquilo y divertido, como la inmensa mayoría de los «pitiusos».

Corría el año de 1967 cuando este singular isleño, con raigambre salmantina por la rama paterna —seguramente le venga de ahí su afición taurina—, decidió emigrar a tierras alicantinas. Probablemente su intención de cursar Magisterio no le dejó otra opción aunque es probable que tampoco fuese ajeno a su decisión el secular vínculo existente entre las «Pitiusas» y la costa alicantina, apenas separadas por doscientos kilómetros, que equivalen a poco más de cien millas, distancia que en días claros les permiten avistarse mutuamente. Si no recuerdo mal, es posible que le ayudase a decantarse, también, la circunstancia de que algunos de sus familiares tenían alguna radicación por estos pagos, pues disponían de una vivienda vacacional en la costa de Calpe. Ya entonces Domingo estaba impregnado de un espíritu cosmopolita, probablemente influenciado por el ambiente que empezaba a instalarse en la isla. Pronto se adaptó al ecosistema alicantino y forjó un grupo de amigos con los que completó un venturoso periplo a lo largo de la carrera. En él se imbricaron compañeros como Juan Silvestre Vivo, Paco Ochando, Antonio Garcia Botella, Elias Cascant y algunos otros. Para admiración de todos disponía de una guitarra eléctrica que tocaba con desigual fortuna, castigando los tímpanos de sus vecinos cuando ensayaba en la vivienda que ocupaba en las proximidades de la vertiente este del castillo de San Fernando, cercana al paseo de Campoamor, donde jueves y sábados se celebraba el celebérrimo y popular mercadillo.

Domingo era entonces un joven de su tiempo y ello lo evidenciaban los signos externos que mostraba, como su indumentaria, que replicaban las tendencias del momento. Lo recuerdo particularmente con los pantalones acampanados, la media melena «beatliana» o los celebérrimos botines que arrasaban en aquellos finales 60 y primeros 70. Era persona que disfrutaba con la música rock, el soul y el pop y que, además de estudiar y cumplir con sus obligaciones, le encantaba festejar y pasárselo bien. Y a buen seguro que lo logró pues guarda grandes y buenos recuerdos de aquella etapa. Prueba concluyente de ello es que mantiene vínculos con las amistades que forjó hace más de 50 años.

Concluida la carrera, regresó a su isla. Allí ejerció la profesión a lo largo de cuarenta años gozando del reconocimiento de propios y extraños, incluidos sus empleadores, alumnos, compañeros y amigos. Pese a que transcurrió una larga temporada sin que existiese algo más que un contacto circunstancial con algunos de sus viejos amigos alicantinos, nunca llegó a interrumpir completamente esa relación. Jamás ha roto su ligazón con una tierra a la que parece unirle un invisible cordón umbilical que cuida y salvaguarda, ahora sí, con la complicidad de sus viejos colegas. Y ello explica que concurriese entusiastamente a las celebraciones que los integrantes de su promoción de Magisterio llevamos a cabo en los años noventa, y de nuevo entrado el siglo actual. Y sorprendentemente, a estas alturas de la vida, lo sigue haciendo cada año, desplazándose ex profeso desde Ibiza a Alicante para participar en directo —porque siempre lo hace virtualmente— en alguno de los cónclaves de la amistad que celebramos periódicamente, mientras lo ha permitido la pandemia. No satisfecho con ello, se ha erigido en el principal animador del grupo de whastsup «Botellamen de Dios», que es el órgano oficial de un colectivo de amigos creado exclusivamente para reivindicar y disfrutar la amistad.

Cuanto antecede ha contribuido a forjar una entrañable atmósfera que nos ha permitido redescubrir en estos últimos tiempos a un Domingo amable, alegre, simpático, atento, diligente, educado, ingenioso, entusiasta, generoso, fiel, confiado, sincero, soñador, divertido, inteligente, campechano, risueño y parece que razonablemente feliz. Como lo estamos nosotros por gozar casi diariamente de la oportunidad de disfrutarlo gracias a las nuevas tecnologías. Tan es así que hace meses que ansiamos —y comenzamos a maquinar— cómo perdernos un par de días por Ibiza en cuanto lo permita la pandemia, aunque ya no podamos —se lo diré en su propia lengua—“anar molt gats” ni “tampoc no fumem pota”, malgrat que “ens arrufem prou”,  “anirem poc mudats” i tenim prou amb un “parell de Joan Bonet”. Pensem atracar-nos per enllà tot i que ja no podem “anar de palanca” i que xiulem malament a “les famellasses”.

Salud, felicidad y larga vida, amigo.


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