sábado, 16 de enero de 2016

Fin de semana.

Hoy, como la mayoría de los días, tras descabezar una pequeña siesta he emprendido mi paseo vespertino. Después de atravesar las calles que llevan a la Rambla, me he adentrado en “el Barrio” y he atrapado con mi teléfono algunas instantáneas de miradores y balconadas, de muros y ventanas, de cenobios y reliquias de ‘arte parietal’. También he inmortalizado al guardián moro imperturbable que corona el Benacantil, que siempre mira hacia el sur y que conmueve mi mirada cada vez que lo veo recortado sobre el cielo que lo circunda. El recorrido me ha llevado a la calle Villavieja y después, sin solución de continuidad, a la de Virgen del Socorro, que surge cuando se quiebra la curva en que se erigía antaño el Torreón de la Puerta Nueva o de S. Sebastián, hoy arrumbada morada de una colonia de gatos mal alimentados por señoras bienintencionadas, que parece que hacen más daño que otra cosa. Allí he dejado atrás el enjambre de casas y callejas y he avistado, entreverada entre las ramas de los magnolios que embellecen los muros de piedra tosca que rematan la vertiente del monte que se vuelca sobre la carretera N-332, una mar inmensa, plácida y plateada.

Mientras la contemplaba ensimismado, mis pasos discurrían sobre la acera de la calle, paralelamente a la orilla, a cien metros de distancia y a más de veinte de altura. Apenas un par de minutos y ya estaba en la plaza de Topete. Un pequeño parque de juegos infantiles y unos pocos escalones me separaban de la calle Madrid. He sorteado unos y bajado otros y la he enfilado sin vacilación. Como siempre, me ofrecía a la izquierda unos arcos anejos rematados por un rincón deslucido, que acoge un balconcillo encantador. En su mitad deslumbraban las puertas, algunas soberbias, con aldabas y tiradores dignos de mejor escaparate. Sus apenas setenta metros me depositaban raudo frente al local de la Hermandad de la Virgen del Rocío y, girando noventa grados, me ponían a escasos metros del scalextric, nombre con el que los alicantinos bautizaron al primer paso elevado de su particular geografía. Justo en ese punto, se puede contemplar un chaflán portentoso, edificado y aparentemente despoblado, con unas balconadas tan insólitas como deslumbrantes, que merecen mejor atención que la desidia que parece acompañarlas. Allá están: solas, fanés y descangalladas, como reza el viejo tango de Gardel.

Playa del Postiguet, enero 2016
El semáforo de la esquina me ha ayudado a cruzar la urdimbre de carreteras que se concentra allí, encontrándome de súbito con la estación del “trenet” y con la playa del Cocó, uno de los reductos frecuentados por Alí Andreu Cremades, donde se soleaba y solazaba casi todos los mediodías del año. Como era habitual en él, allí disfrutaba hiperbólicamente de su mar más querida. Cuando he llegado, la luz del crepúsculo se filtraba por los escasos nubarrones que subsistían de la borrasca que hoy ha regado Alicante. No sé cuánto meses hacía que no caía una sola gota en la ciudad. Hoy llovía a las cinco de la madrugada y lo seguía haciendo al mediodía. Con poca intensidad, pero con suficiencia y con talento. Hoy, siquiera sea por una vez, ha caído un agua sumisa, saludable y benefactora.

He tomado la curva que describe el paseo de Gómiz cuando remata el final de la playa del Cocó para dirigir mis pasos hacia la escollera del puerto. Apenas había enderezado mi rumbo en esa dirección, cuando he sentido una atracción irrefrenable por la mar, por una mar que se me ofrecía tan inmensa como mansa, tan seductora como plateada, tan pacífica como gigantesca. En todo caso, una mar que me parecía lascivamente atrayente e inmisericordemente amorosa.

No he podido evitar la tentación de acercarme a ella con presteza y verticalidad, como se atienden las llamadas que no es posible desoír. En apenas veinte o veinticinco zancadas estaba en la orilla de la playa del Postiguet, una superficie que hacía más de veinte años que no pisaba. La playa de Alicante por antonomasia. Un litoral milenario, visitado, recitado, querido y revisitado millones de veces. Una ribera que esta tarde ofrecía una arena compactada por efecto de la lluvia, que había lixiviado sus granos, apelmazándolos y conformando su superficie como una sucesión casi infinita de pequeñas dunas selenitas, quebradas de tanto en tanto por pisadas descuidadas de gentes que como yo se habían adentrado en ella, seguramente abducidos también por un candor compartido.

He mirado mis zapatos, que aprisionaban las arenas y se hundían en ellas. He levantado la vista y he descubierto agazapada entre los nubarrones a una luna creciente perfecta, que me ha hecho cerrar los ojos e imaginar que me quitaba calzado y calcetines y chapoteaba con mis pies en las aguas, truncando las pequeñas olas que rompían en la orilla con pequeños borbotones de espumas transparentes y níveas. Durante unos minutos he jugando imaginariamente con el devenir de las ondas y con el titilar de las luces de las farolas y de los anuncios, que se proyectaban en la superficie especular de la mar. Me he sentido objeto de la mirada curiosa y sorprendida de algunos espectadores anónimos que discurrían por el paseo. Y así, preso de este soñado e infantil frenesí, he avanzado decenas de metros corriendo por una orilla que me parecía infinita. En mi alocada carrera me he cruzado con algunos pescadores circunstanciales que intentaban atrapar lubinas con señuelos blanquecinos que pretendían confundir con la espuma de las olas. Apenas unos minutos después, mis acompasados pasos me habían transportado a las proximidades de la escollera. Allí, el ámbar de la luz de las farolas y las irisaciones de los neones de los rótulos de los hoteles colindantes me han rescatado de la ensoñación y me han devuelto a la realidad. El día se quebraba definitivamente y empezaban a retirarse las gentes de unas calles inusualmente gélidas.

Un breve discurrir por la orilla del muelle me ha llevado a la plaza Correos. He sorteado los tres escalones que dan acceso a la peana que ocupa su epicentro, que han colonizado espuriamente y en exceso los negociantes de la zona. Pese a todo, todavía es posible encontrar un banco férreo en el que descansar unos minutos mientras admiras la enormidad de los ficus y magnolios o la imponente altura de los olmos y las brunas y enigmáticas oquedades de sus troncos. Todavía es posible escuchar el crepitar de las hojas otoñales que parecen lamentarse cuando las aprisionan las suelas de los zapatos de los viandantes. Aún se pueden contemplar las aciculares hojas de las palmeras y las araucarias recortándose en el cielo oscurecido de un crepúsculo que cubre plácidamente una ciudad que empieza a vivir otro fin de semana.

2 comentarios:

  1. Una ruta detalladamente descrita en un estilo de tinte azoriñano.Un vocabulario rico y colorido.Me ha gustado.Diego

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    1. Me alegra que te guste. Gracias por tus elogios. Un saludo cordial.

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